Feb 24

Cami, Ana, hasta siempre hermanita

Ana Luisa María del Camino, mi tercera hermana menor.  Se fue, ayer, hacia otra morada.

     Al nacer sabemos que un día tendremos que abandonar este cuerpo prestado que habitamos para hacer nuestro viaje terrenal, lo que desconocemos es cuándo. Esta vez ha sido demasiado pronto y sin opciones. Pero todos venimos con un mensaje debajo del brazo y somos enseñanza para quienes nos cruzamos en el camino. La muerte de un ser querido es la mayor lección de vida, siempre hay algo que descubrir. Además de agradecer cada día la luz del sol y valorar el tiempo que nos queda, suele haber otros flecos por recortar, como la culpa; y si hubiera hecho otra cosa, y si no hubiera discutido aquella vez y si la hubiera dado muchos más abrazos. No ha lugar. Hacemos lo que sabemos y lo mejor que podemos en cada momento; aramos con los bueyes que tenemos, somos un poco de nuestra esencia y mucho más de cómo nos han ido indicando y cercenando desde que abrimos los ojos por primera vez, de las sensaciones que hemos percibido desde la infancia. Así miramos el mundo, así reaccionamos. Los años van sumando emociones dañinas que no hemos ventilado bien, nos cubrimos con un caparazón protector frente al dolor, pero el amor, que tiene que fluir en ambas direcciones, se tropieza con el escudo y no llega al interior. Nos hablaron de dar sin esperar nada a cambio, de poner la otra mejilla, de sacrificarnos in extremis, error, hay que dar con una mano y poner la otra sin pudor, para que se mantenga el equilibrio del sistema, porque quien se vacía dando se agota, no puede dar más y sin energía nada funciona. Debemos aprender a recibir lo bueno, porque lo merecemos por el mero hecho de haber nacido, por ser parte de la divinidad universal, no estamos solos. Queremos que nos enseñen a querernos, que nos escuchen y , sobre todo, que nos comprendan. Esto he aprendido con tu muerte, hermanita.

«Diario Palentino, 24 de febrero de 2019»

Mar 28

¿Solas o emparejadas?

“El emparejamiento ha de ser una situación voluntaria y no responder a un estado de necesidad”

Dice mi Doctorita Caballero, a quien tanto amo por deberla buena parte de mi renacimiento, que “Saber vivir es saber casar”. Y aunque tiene un gran contenido de verdad en los ecos tradicionales de otros tiempos, puede que este refrán castellano sea excesivo para hoy día en que también, entiendo yo, se puede vivir fenomenalmente en estado de soltería o de sus otras modalidades conocidas en el argot popular como “single”, palabreja inglesa multiuso que, aunque en su versión original signifique “sencillo”, en la praxis y aplicada al tema que nos ocupa cobija multitud de estados civiles, para que nos entendamos: viudedad, separación, divorcio, soltería o cualesquiera de sus trances.

Y como también se dice que “más vale vivir solo que mal acompañado” el dilema siempre es el mismo: ¿solas o emparejadas? Ni contigo ni sin ti. En ocasiones unas miran a las otras y otras miramos a las unas, y como es norma en la condición humana esconder nuestros desasosiegos ante los ojos mirones, a las observantes nos parece que las del otro estado están mejor y viceversa, o a ratos.

Lo cierto es que no hay pauta que para todas valga, porque toda relación de pareja en convivencia depende de dos partes y por tanto la fortuna o el fracaso no es de responsabilidad unilateral, unas veces por ser causante o motor y otras por dejarse llevar para bien o para mal.

En cualquier caso, tanto para permanecer en una relación como para romperla llegado el momento necesario, e incluso para no fraguarla, no hay que perder de vista el factor más importante: SABER VIVIR EN SOLEDAD. Si una persona domina el arte de estar centrada siempre en su eje, de saber dónde se ubica su “yo” personal, de estar a gusto consigo misma y no depender ni material ni afectivamente de nadie, entonces tiene todas las de ganar en cualquier formato civil que adopte. Y cuando digo ganar no me refiero al desenlace final de una pugna, sino simplemente a conseguir estabilidad, placidez, equilibrio y bienestar en el estado de elija.

Lo que está claro es que el emparejamiento ha de ser una situación voluntaria y no responder a un estado de necesidad. ¡Es que no puedo vivir sola! ¡Es que necesito…! Son consideraciones que llevan al fracaso o a una convivencia bajo mínimos si no forzada, y facilitan el abuso, la esclavitud y la subyugación. Lo valioso es  el poder de gritar: ¡Estoy contigo porque quiero! ¡Porque me gustas! ¡Porque me caes bien! «Periódico CARRIÓN, 1º quincena abril 2011»