May 10

Vamos a hacer planes

        Si dicen los neurólogos que nuestro cerebro necesita veintiún días para asentar una conducta estable, una rutina o una creencia, pues no digamos lo que nos puede hacer una sesentena. No es extraño que las etapas del desconfinamiento se perciban como una amenaza, doble amenaza, temor al bicho que nos acosa y zozobra ante tener que dejar el nuevo espacio de confort que nos hemos visto obligados a construir. Muchas personas encuentran un problema en tener que salir de casa, hasta el punto de que algunos adolescentes preguntan si es obligatorio; se han construido un nuevo hábitat en las redes sociales, en los juegos, en la comodidad de su habitación donde a los molestos se les puede bloquear sin más. Las personas más mayores, los yayos, conscientes de su vulnerabilidad, tan machaconamente injertada en la mente por las autoridades sanitarias, temen más que a un nublado la hora de salir, para el verano ya veremos, dicen. A todos nos han puesto las pilas. Yo misma no me había percatado de que había pasado la sesentena, mi estado de salud no lo acusa y mi mentalidad se quedó en los cuarenta, de modo que el flashazo ha sido contundente al escuchar que el mayor número de contagios se aprecia entre los cincuenta y los setenta, ¡ojo! he dicho contagiados no fallecidos. En cualquier caso, nadie se ha librado de pensar en lo poco que somos, que un bichejo un nanométrico nos complique la vida. Pero la mente enseguida nos pone en ruta. Qué haré cuando esto pase, hacerme la estética, ponerme un implante molar, salir a ligar… Este tipo de retiros forzados parece que obra milagros, parejas que no se aguantaban ahora se adoran y viceversa, quienes ataban cortos sus dineros sueñan con tirar de tarjeta a muerte, otros muchos con recuperar su negocio o reinventarlo. Todo son tretas para despistar a la muerte, no me puedo morir tengo cosas por hacer.

Diario Palentino,  10 de mayo de 2020

May 03

Obispos dicens…

            Como continuación a las conductas indecentes que se están manifestando en medio de esta catástrofe mundial, queda añadir la respuesta de los episcopados españoles a la propuesta del Gobierno sobre crear un Ingreso Mínimo Vital para las personas o familias que esta pandemia ha situado en una grave situación de vulnerabilidad. Las que tienen menos de 200 euros al mes para subsistir y no disponen de rentas ni patrimonio, que quieren trabajar y no pueden porque no hay donde o sus condiciones no se lo permiten. El papa Francisco ha defendido la medida como garantía destinada a los trabajadores vulnerables, pero a nuestros obispos eso les da igual porque lo suyo es hacer pinza con las derechas más ultra, contra el avance de la igualdad de condiciones y los servicios públicos para todos. Encarnan la mayor hipocresía e incoherencia con el cristianismo. Cuando estos jerarcas enferman van a clínicas privadas. Hace años, escuché contar a un canónigo que le habían salvado la vida con células madre, y fue en pleno ataque belicista de la Iglesia contra esas prácticas médicas, ahí lo dejo. No les interesa preguntar a los sufridos párrocos de frontera, los que saben cómo se vive en las casas de los barrios desfavorecidos. Por otro lado, debieran agradecer que sus comilonas, y su boato, salen de nuestros impuestos y del monumental expolio de bienes propiedad de las ciudades y de los pueblos. Pero no contentos, osan pedir que se marque su casilla en la declaración de la renta, cinismo, saben que las diócesis no aportan nada a Cáritas, esta se nutre de ayudas estatales y donativos. A estos señores hacer caridad les empodera, la justicia social les minimiza. El IVM no es un invento del PSOE, existe en la mayoría de los países con gobiernos ética, humana y políticamente dignos que velan por sus ciudadanos y en los que la religión no estorba en la esfera pública.

«Diario Palentino, 3 de mayo de 2020»

Abr 26

Érase una vez…un coronavirus

       

     Tiempos diferentes para hacer cosas distintas. En esta ocasión, mis querid@s lector@s, os voy a contar un cuento de temporada que se titula:

 

Informativos coronavirus

-¡Carlooos, llaman a la puerta… otra vez! -gritó Sonia desde la cocina.

-Pues, abre.

-No pienso abrir, abre tú, es para ti.

-¿Me estás oyendo? Te digo que abras la puerta y dejes de molestar. -Voceó Carlos, sentado en el sofá del salón. Sin más pausa apuntó el mando al televisor y aumentó el volumen.

     Los gritos de ella y los timbrazos en la puerta de la calle insistían diluidos en la voz radiofónica del locutor que daba las noticias.

            Sonia se presentó en el salón con los brazos en jarras

-¡Es que no oyes lo que estoy diciendo, nos van a echar de la comunidad!

           Carlos giró la cabeza

-Pues, que les den. La miró con hastío, dio una calada lenta al cigarrillo y volvió la vista al canal 24 horas. En pantalla, dos ministras daban una rueda de prensa con el número de contagiados por Covid-19.

-Nos darán a nosotros. Una buena multa si llaman a la policía, le respondió, y con un gesto de fastidio, entornó los ojos, apretó la mandíbula y se dio media vuelta. El timbre tronaba cada vez más seguido, más intenso, un tormento.

            Mientras recorría el pasillo hacia la puerta bufaba y rezongaba

-Y a ver con qué pagamos si hace dos años que estás en paro, me mato a trabajar, pago la hipoteca, tu bebida, tu tabaco… A penas resonaron en el aire estas palabras, Carlos se levantó iracundo del sofá, estrelló el bote de cerveza contra la pantalla, se precipitó por el pasillo, tropezó con Sonia y de un empellón la empujó contra la pared. Voy a matar a ese hijo de puta, agarró el picaporte y abrió con violencia. Allí, un niño de unos siete años al verle con los ojos ensangrentados de rabia musitó

-Dice mi papá que si puedes poner la tele más bajo.

 

Diario Palentino, 26 de abril de 2020

Abr 19

Los indecentes

           Como la mala hierba, los indecentes crecen tanto en regadío como en secano. Son inherentes a la condición humana y tienen su utilidad, nos sirven para contrastar y poder valorar a las buenas personas, las que son coherentes, razonables, magnánimas y solidarias. En tiempos de calma chicha muchos indecentes se camuflan, están agazapados a la espera de inestabilidades, tormentas o desastres para salir de sus huras, aprovechar debilidades y hacer de las suyas. Con motivo de la pandemia que nos confina, estos indeseables multiplican su presencia pública, no lo pueden evitar, son aviesos carroñeros. Y como no hay mejor explicación que buenos ejemplos, procedamos. Malnacidos que persiguen a sanitarios, limpiadoras, repartidores, cuidadores de residencias y demás seres humanos que, con generosidad, se arriesgan para devolvernos la salud, cuidarnos o proveernos de lo que necesitamos; que les dejan en los portales avisos de repudio, insultos o dañan sus enseres. ¡Ojalá no tengan que ir al hospital, ni ellos ni sus familiares!

         Otro prototipo son los impresentables que por su eco social debieran dar ejemplo de civismo y responsabilidad, léase Aznar que se fue a Marbella, o Rajoy que sale a correr, porque a ellos nadie les tiene que decir lo que tienen que hacer, y los demás humanos les importan un huevo. El colmo de la carroñería más obscena sale de las pútridas bocas de la ultraderecha española (VOX y parte del PP), que montan chiringuitos para fabricar calumnias, mentiras y acosos; Twitter les bloquea miles de cuentas cada día. O que Casado critique la gestión del Gobierno y cuente en (inmundas) residencias de Madrid el 70 por ciento de los mayores fallecidos. Los millones de parados que han votado a estos energúmenos debieran ir a recolectar la fruta que recogían los inmigrantes despreciados.

Diario Palentino, 19 de abril de 2020.

 

Abr 12

Y después qué…

            Esta rebelión de la biología contra la humanidad comienza a dejar entrever escalofriantes fallos en la organización social. Tal vez lo más candente hayan sido las circunstancias en las que viven internados nuestros mayores, nuestros padres, nuestros abuelos. El escandaloso negocio de las residencias privadas, sobre todo en Madrid, requerirá una estricta regulación y un intensivo control de estas instalaciones. En el urbanismo capitalista salvaje no cabe el abuelo y estaría solo todo el día, la población vive estresada y se concentra en miniviviendas. Con lo extenso que es el planeta nos apiñamos en urbes inhóspitas y despoblamos el campo. La España vaciada podrá ser la alternativa, si es que sus habitantes cambian la mentalidad y acogen en buena lid a los foráneos. Porque el teletrabajo ha venido para quedarse, se podría residir en cualquier territorio y desaparecerían los conglomerados de oficinas, además, se ahorrarían alquileres, energía, limpieza, desplazamientos y contaminación. Otra lección es la debilidad del empleo, puestos de trabajo que no se volverán a recuperar, destrucción masiva de medios de vida, lo que nos lleva irremediablemente a una paga básica, que ya reclamó hace años el multimillonario Warren Buffett, si las maquinas sustituyen al hombre, que las máquinas mantengan al hombre. La sanidad pública ha demostrado su inmenso valor, la que tiene los medios y la capacidad, la que es igual para todos. En EEUU, adalid de la civilización, mueren en casa porque les echan de los hospitales si no tienen dinero, igual en Nueva York que en Ecuador, por las calles. Mucho que aprender, mucho que remediar. Cuando todo esto pase, y si la ultraderecha no logra emponzoñar el entendimiento de los ciudadanos, el mundo inteligente deberá volver la vista al ser humano y al planeta.

Diario Palentino, 12 de abril de 2020.