Ni debo…, ni tengo que…

A partir de cierta edad, normalmente la década de los cuarenta, hay quien se queja de cumplir años y no se da cuenta de que lo peor es no cumplirlos. Además, llega una época en que a medida que sumamos más van mermando las obligaciones. Cada etapa de la vida tiene sus ventajas. Pasar de los sesenta tiene muchas. Normalmente la hipoteca está pagada. Las expectativas de triunfar o de obtener fama, dinero, etc. se han relajado mucho o han desaparecido. Si hay hijos ya han volado. Si nos jubilamos, una cosa menos. Así, resulta que llega un momento en que deja de existir el tengo que hacer… y el debo hacer… Sin embargo, nos cuesta abandonar estas expresiones y los destinos a los que nos llevan, porque a base de autoimponernos deberes hemos dejado de distinguir los que de verdad lo son de los que seguimos cumpliendo sin darnos cuenta, o lo que es peor, a regañadientes. O te paras a pensar y liquidas los falsos compromisos o te ves criando nietos cuando lo que te apetece es irte a vivir a la playa, o sigues yendo a comer con los padres o suegros todos los domingos con el mismo hastío sumiso de siempre, o tienes miedo de que se enfaden los amigos si no sigues cumpliendo los rituales periódicos, o estás tan cómodo en tu aburrimiento de sofá que no te atreves a investigar otros escenarios. Y el tiempo de la única vida que tenemos se consume entre debo…, tengo que ir…, tengo que hacer…, tengo que felicitar…, tengo que dar el pésame…, tengo que besar, aunque no quiera, tengo que hacer la cama, tengo que soportar la conversación insulsa. Solo hay que ser un poco valiente para olvidarse de los debos y los tengos y pasar directamente al quiero… o no quiero…, y a quien no guste que despeje la pista, yo vuelo. No esperes a que la muerte te lo escriba en la frente. Si no vives tu vida, otros te la vivirán para sí.

“Diario Palentino, 13/05/2018”

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