Coleccionistas de objetos

“Somos lo que tenemos, lo que vestimos, lo que aparentamos, somos el cascarón externo y visible que se compra con dinero”

Tiempos hubo en que en las casas, además de los útiles más o menos necesarios para sobrevivir dignamente, algunos o muchos de los objetos que rodeaban la vida de las personas tenían un sentido propio, tenían vida, eran esencias con personalidad, con procedencia determinada, tal vez fruto de un esfuerzo, relatores de un recuerdo, símbolos de una reconciliación, recordatorios de una fuerte emoción o portadores de aromas de tierras lejanas. Podríamos decir que tenían alma, significado, trabajo minucioso o sacrificio para adquirirlos. Se guardaban con mimo, a veces pasaban como tesoros afectivos de generación en generación, sobre ellos se exigían promesas de no deshacerse de ellos, se incluían en disposiciones testamentarias, algunos se guardaban con recelo y en secreto para no despertar malos ánimos en otras personas.

          Desde que la humana raza fue capaz de fabricar instrumentos y hacer despensa, nace la propiedad privada y con ella nuestra proyección en y mediante los objetos, guardar para tener, reservar para los tiempos difíciles. El excesivo materialismo nos ha llevado a la consideración social de que somos lo que tenemos, lo que vestimos, lo que aparentamos, somos el cascarón externo y visible que se compra con dinero. Somos consumidores de servicios y coleccionistas de objetos.

Ahora en una fase a avanzada de presunto desarrollo económico nuestras compras ya ni siquiera responden  motivaciones de necesidad ni justificación. Ya no se compra porque es una fecha señalada, porque se quiere conmemorar algo resaltable, por decir que me acordé de ti o te tengo en el pensamiento, esas compras son las menos, ahora se compra por una sola emoción química, una compulsión, casi por drogadicción, endorfinas que dan placer.

 Nada más triste que desmontar la casa de la abuela muerta, con sus ajuares bordados desde la infancia, sus tazas de china que la reglaron el día de su boda, esas colchas de África que la trajo de la mili un cortejador prematuramente fallecido, las cucharillas de plata, la lámpara veneciana, las antiguas fotos de su vida y el amor que ponía en todas sus cosas como bolitas de naftalina para que no se la apolillasen los recuerdos. Cada cosa que tocas se convierte en un objeto animado que cobra vida, habla sin voz, trae murmullos y recuerdos. Cuando nuestros hijos tengan que desmontar nuestra casa se encontrarán con un montón interminable de objetos de origen desconocido, aparatos electrónicos, baratijas inertes que pueblan nuestros cajones y de los que no damos razón, tal vez de la mayoría no nos acordemos ni como han llegado a nuestro poder, algunos ni tan siquiera sabíamos que estaban ahí.

Es el efecto de la nueva economía de mercado. La tensión abundancia-escasez, a unos sobra mucho y a muchos falta todo. Hay que producir para vender y poder comprar. No tiene ningún sentido que las cosas lo tengan. Son lo que son, cosas, en toda su definición, sin más sentimentalismos. Consumimos y acumulamos, dos caminos sin retorno a los que nos lleva la dual organización mercantil que nos ha tocado vivir. Hasta ahora la oferta respondía a la demanda, se fabricaban zapatos porque el comprador pedía zapatos. Hoy las necesidades de mercado invierten los términos, los fundamentos se han vuelto del revés, como fabricamos mucho hay que provocar la compra, crear la necesidad, convencer al consumidor de que lo adquiera, que le hará feliz, que lo necesita, que le dará postín de cara a los demás, que mejorará su vida, sus relaciones, su bienestar. Unos pocos tenemos muchos zapatos en el armario, un par más cada temporada. Muchos niños del mundo van descalzos, viven descalzos, trabajan descalzos, huyen de sus perseguidores descalzos y hacen la guerra descalzos, algunos confeccionan a mano nuestros más lujosos zapatos.

La incorporación de China e India, superpotencias demográficas con necesidades del mismo tamaño proporcionales a su numerosa población, está descalabrando todas las prácticas tradicionales de mercado. El futuro viable que piden las manufacturas está en que se compre continuamente objetos y de baja calidad, consumir mucho y barato proporciona trabajo y alimentos para mantener muchos puestos de trabajo y repartir los beneficios entre más población mundial. http://elisadocio.com

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